2026-01-07 01:25:23
Durante quince años le fui infiel. Estuvimos juntos quince años. Pero durante esos años, yo le fui infiel casi todos los años. A veces una vez, a veces dos o tres. No siempre fue con la misma mujer. Algunas eran compañeras de trabajo, otras conocidas, otras mujeres que aparecían en viajes o salidas. Nunca pensé que eso fuera a destruirlo todo porque siempre encontraba una forma de volver.
Ella descubrió cuatro infidelidades claras. La primera fue por mensajes que leyó en mi celular. Me enfrentó llorando en la cocina y me preguntó si era verdad. Yo lo negué al principio, luego admití “una parte”. Le dije que no significaba nada, que fue un error. Me perdonó. La segunda fue meses después, cuando alguien le mandó capturas. Esa vez gritó, empacó una maleta y se fue dos días a casa de una amiga. Volvió cuando fui a buscarla, cuando lloré, cuando le prometí que iba a cambiar.
La tercera vez me descubrió porque llegué y me equivoqué de nombre al hablarle. Esa noche no dormimos juntos. A la mañana siguiente me dijo que estaba cansada, que no entendía por qué seguía ahí. Yo le dije que estaba confundido, que era estrés, que necesitaba ayuda. Me creyó otra vez. La cuarta fue la peor: la encontró por casualidad en un lugar público. No hubo discusión. Solo silencio. Esa noche me dijo que ya no confiaba en mí, pero aun así se quedó.
Después de esa última vez, algo cambió. Ya no revisaba mi celular. Ya no preguntaba dónde estaba. Ya no lloraba. Yo pensé que eso era señal de que me había perdonado de verdad. Hoy entiendo que lo que estaba haciendo era soltarme poco a poco.
Hace un año me dijo que se iba. Estábamos sentados en la sala. Me dijo que había conocido a alguien más. Que con él no sentía miedo, ni desconfianza, ni ansied@d. Que no quería seguir viviendo así. Yo le dije que eso era una traición, que cómo podía hacerme eso después de todo. Ella me respondió algo que todavía me pesa:
—Después de todo lo que tú hiciste, yo no te debo explicaciones.
Cuando se fue, reaccioné mal. Empecé a hablar mal de ella con amigos y familiares. Decía que me había cambiado por otro, que se había ido por interés, que no había luchado por la relación. Necesitaba que alguien me diera la razón. Luego cambié de estrategia: la llamé, le escribí, le rogué. Le dije que iba a terapia, que iba a cambiar, que estaba dispuesto a todo. Me respondió pocas veces. Siempre fría. Siempre corta.
Cuando entendí que no iba a volver, me hundí. Empecé a salir todos los fines de semana. hasta no acordarme cómo llegaba a la casa. Me metí con mujeres que se parecían a ella: mismo tipo de cuerpo, mismo tono de voz, incluso mismas expresiones. Ninguna me llenaba. Algunas veces me iba con alguien solo para no dormir solo. Otras veces volvía a casa y revisaba fotos viejas.
Hubo semanas en las que no me bañaba bien, no comía, llegaba tarde al trabajo. Me inventaba excusas para verla en redes. Me dolía ver que ella se veía tranquila. Que viajaba. Que sonreía. Que no me buscaba. Un día me dijeron que estaba viviendo con él. Que era noruego. Que se había ido del país. Ese día sentí que me faltaba el aire.
Intenté escribirle una última vez. Le dije que la extrañaba, que estaba sufriendo, que no era justo. Me respondió algo corto:
—Yo sufrí durante años. Tú estás empezando ahora.
Hoy sigo aquí. Solo. Con todo lo que no supe cuidar. Ella está bien. Vive con él. Tiene una vida que no me incluye. Creo que estoy pagando un precio muy caro.
Historia anónima de un seguidor
Jarhat Pacheco
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